Tres minutos y asumo el roto.

29 Jul

La silla en el tejado nunca pierde el equilibrio. La ausencia en el cielo se dirige sin agua. Sin vértigo, La madera inclinada, escondo la mirada en un ritual idéntico cada mañana de sábado; una escena sin cortes ni errores. Una melodía, tras una duda, susurrar sin importar cuánto sople el viento. A tres metros, lejos, instrumentos y letras maestras. Alarga su sonrisa lentamente en la mansa escucha, cuando le abofetea, desafina, agoniza y calla. Aquel silencio mueve su cuello y engrandece sus ojos. Me recuerda al funeral de mi padre, tan drástico, inesperado, y surrealista con aquella caja sobre el altar con forma de pez. Horas de sus dedos vivos, durante demasiados años, entre las sombras que trazaba la bombilla del desván. Paradojas del ser humano. Al silencio actual le falta oscuridad. Mudo, sin un abrazo que me ayude afrontar el fin inesperado.

La realidad es demasiada altura en el accidente. Niebla y mareo en su cielo vacío. El dolor a tres pasos es inalcanzable. El miedo es la rutina rota, como el que lloró mi padre el día que besó la piel fría de mamá en aquella pecera de madera. abrazó, los dos lloraron y nadie dijo una palabra. Él ahora, en lo alto de aquella silla, mudo y sordo, necesitaba ese abrazo.

Necesito tres minutos y asumo el roto. Y sin él, oigo la silla desequilibrarse, rodar y caer al vacío. Secuelas de lo inesperado. Abro cajas de rodillas, en gesto de súplica. Pego la oreja al altavoz buscando un ápice de respiración. Tiro con suavidad extrema; como quien trata de salvar a su hijo de un centrifugado de la lavadora tras el estúpido olvido en el bolsillo vaquero. Sin sangre, la herida es considerable.

Muerdo un hielo que guardaba en la nevera para apuros insuperables. Lo sostengo entre los dedos. El frío me relaja. Cierro los ojos para desaparecer ante cualquier distracción. Ha dibujado un círculo en la razón, dónde he colocado los recuerdos. El tira con suavidad la melodía, pero el sonido desenredado está roto. Estira, observa y yo recuerdo la última escucha. La canción estaba rota en el minuto dos.

Los dientes blancos circulares bailan en su dedo índice. Demasiados sábados en el tejado. La melodía estrangulada necesita un corte perfecto. Perderá tres segundos, cinco tal vez. Me subo los calzoncillos que me colgaban de los tobillos y ni siquiera se preocupa de la desaparición empequeñecida de su labor. Intentó vaciarme para vencer la tristeza.

De pie, gotea el hielo entre mis dedos. Observa la cicatriz. Es un brillo en el vértice marrón. El dedo gira, recoge y desaparece. Aparente normalidad recuperada.

La nueva silla en el tejado tiembla demasiado. Yo nunca pierdo el vértigo. Nunca desaparece. La melodía rompe la magia en el minuto dos.

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